Por: Sergio Mejía Cano
En una de las entregas anteriores en donde se hablaba de que lo sintético había sustituido gran parte de productos naturales, un antiguo compañero ferroviario me comenta en un mensaje si un servidor recordaba aquella anécdota cierta vez que íbamos viajando varios trabajadores en un tren de pasajeros entre quienes viajaba un compañero al que siempre le gustó o gusta vestirse muy bien.
Este compañero que destacaba siempre por su pulcritud y buen gusto en el vestir, traía puestos unos botines que, al mirarlos se veían lujosos y de buena calidad; obviamente que no faltó quien le preguntara en dónde los había comprado, a lo que el aludido respondió que eran italianos esos botines, que se los habían enviado unos parientes que estaban radicando en Chicago, Illinois, en los Estados Unidos de América.
Un compañero que iba trabajando como sobrecargo, empleado a bordo del tren encargado de atender al pasaje ayudándole con el equipaje y acomodarlo en el lugar numerado para viajar, así como encargado de la limpieza del coche a su cargo, le dijo al de los botines que ese calzado era mexicano. Los que oímos esa afirmación nos quedamos asombrados, pero más al que portaba sus botines italianos que, pelando los ojos y con el rostro colorado de la sorpresa, le dijo al compañero sobrecargo que estaba loco, que eran italianos y, para corroborar su dicho se quitó uno de los botines y le mostró la etiqueta en la plantilla que decía: “made in Italy”. Sin embargo, el sobrecargo insistió diciendo que eran mexicanos y que le apostaba lo que quisiera si no era así.
Otro compañero le preguntó al sobrecargo por qué afirmaba que eran mexicanos esos botines si ya había visto la etiqueta en la plantilla y hasta en la suela que, junto a la tapa, traían la misma leyenda. Entonces el sobrecargo respondió que conocía la horma y el corte, porque la mayoría de su familia materna siempre se había dedicado a la elaboración de zapatos tanto de dama como de varón, por lo que desde niño se había dado cuenta de muchas cosas que se hacían con el calzado que fabricaba su familia, así como el de otros talleres o fábricas pequeñas que se dedicaban a la elaboración de todo tipo de calzado, incluso tenis.
Entonces el sobrecargo le insistió al de los botines italianos si le apostaba algo si le comprobaba que esos botines eran mexicanos y que, si apostaba tenía que desprender la plantilla, pues debajo de la principal venía la prueba de que esos botines no eran italianos;
si le demostraba su dicho no tenía que darle nada, sino nada más que reconociera que no eran italianos sus botines y, si no era así, le pagaría lo que quisiera y, que al llegar a Nogales, Sonora, pasaría al otro lado y buscaría unos botines que sí fueran italianos y se los entregaría en recompensa, porque tenía que quitarle la primera plantilla y las tenía que volver a pegar, pero que no traía pegamento.
¡Hecho!, dijo el de los botines entregándole al sobrecargo el botín que se había quitado para mostrar la etiqueta en la plantilla. El sobrecargo, ayudado por una navaja de múltiples usos, como un experto de inmediato levantó la parte del talón de la plantilla y le mostró la segunda plantilla que decía: “Canadá, hecho en México”; lo mismo hizo con todos los que estábamos en este mitote. Después de esto, dijo el sobrecargo: y como dijo Raúl Velazco: aún hay más”, pues tampoco son de la zapatería Canadá, porque esta clase de botines finos los adquiere en León, Guanajuato y, para demostrar su dicho, desprendió las plantillas hasta dejar a la vista el fondo en donde se alcanzaba a leer: “Hecho en México, León, Guanajuato” y, junto a esta leyenda se miraba la imagen de la característica cabeza de águila. ¡Ande pues!
Ante esto, otro compañero comentó que algo así se hacía con otros productos como con la ropa, por ejemplo, dijo que, cuando era niño, allá principios de la década de los años 60, supo por pláticas de sus mayores que algunos de sus parientes radicaban en Monterrey, Nuevo León y que varios de ellos trabajaban en una fábrica de textiles en donde se elaboraban pantalones de mezclilla que se exportaban a los Estados Unidos en donde le ponían una famosa marca con la leyenda de haberse hecho allá, pero que en realidad la mayoría de esos pantalones los fabricaban en Nuevo León y quizás en otras partes del país y del planeta; aunque eso sí, de puro algodón puro y nada de materiales sintéticos salvo los botones, las cremalleras, remaches y la tela de la marca sobre la bolsa derecha trasera.
Sea pues. Vale.
