Por: Sergio Mejía Cano
A mediados de los años 60 del siglo pasado, una profesora que impartía la materia de español en segundo de secundaria, en la ciudad de Guadalajara, Jalisco, cierto día comentó a sus alumnos que, aunque se oyera cruel, lo mejor que se podía hacer ante los limosneros y demás pedigüeños en la calle era ser o permanecer indiferentes. Que si sus papás o mamás cambiaban un billete de 100 pesos en monedas de .20 centavos, en tres o cuatro cuadras se acabarían las monedas y no remediarían nada, más que fomentar aún más el que siguieran pidiendo.
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