La influencia de las palabras en los niños

CON PRECAUCIÓN

Por: Sergio Mejía Cano

Allá como a finales de los años 60 o principios de los 70, me tocó leer en la revista, “Selecciones del Reader’Digest”, una anécdota sobre dos niños que van caminando sobre un lago congelado en los Estados Unidos, cuando de pronto el hielo cede ante el paso de uno de los niños y la corriente de agua lo va arrastrando; su compañero sigue el curso que lleva su amigo debajo del hielo y, con sus propias manos rompe el hielo y logra rescatar a su compañero.

Testigos que se dan cuenta de esto corren desesperados para tratar de ayudar; sin embargo, su asombro es tal cuando ven que el niño rompe el hielo con sus propias manos no dan crédito a lo que observaron, cuando llegan las autoridades para auxiliar al pequeño que había caído al agua fría para evitar una hipotermia, uno de los rescatistas de más edad se aproxima a los testigos que no dejan de hablar de cómo le había hecho el niño para poder romper el hielo que no estaba tan delgado. El veterano rescatista se dirige a estos testigos diciéndoles: es que todavía nadie le había dicho a ese niño que se necesitaba una herramienta para poder romper el hielo.

Así que este niño que no había sido contaminado por dichos o frases de sus mayores, en su desesperación por salvar a su amigo utilizó solamente sus manos para romper el hielo, lo que logró; porque, en caso de haber oído alguna vez que para romper una capa de hielo por fuerza de tenía que ocupar un marro, un martillo, una barra de hierro, un tronco grueso, etcétera, quizás habría perdido un tiempo valioso en ir a buscar algo con qué romper el hielo que se interponía entre él y su amigo en desgracia.

A mediados de los años 60, en la escuela secundaria en donde un servidor cursaba el segundo año, se organizó un festival en donde se ofrecieron taquitos de canasta y otros antojitos mexicanos, en donde iban a ser acompañados con aguas frescas; sin embargo, la llegada de estas aguas se demoró por algo, por lo que ya con el festival encima y todos con mucha hambre, le comenzamos a empacar a todos esos antojitos. Pero no faltaron las voces de la mayoría de los alumnos e incluso de profesoras, profesores y prefectos que dijeran que con qué se iban a bajar la comida, si a brincos o qué.

Entonces, la maestra que nos impartía la materia de español, al oír que uno de sus alumnos era el que más énfasis ponía en que se iba a ahogar por no tener con qué bajarse los tacos, se acercó a ese chico preguntándole si no tenía saliva, pues gracias a la saliva no se necesita ningún líquido para poder degustar lo que se está ingiriendo.

Días después, en uno de los viernes sociales que solía hacer esta maestra de español, recordando aquella anécdota nos dijo a sus alumnos que la saliva es suficiente al estar ingiriendo los sagrados alimentos, pues la saliva crea el bolo alimenticio que facilita el paso por la tráquea y el esófago para poder llegar fácilmente al estómago y empezar la digestión; reiterando que no es necesario ningún otro líquido a la hora de comer, nada más con la saliva es más que suficiente.

Queda claro que el problema está es que, desde niños oímos a nuestros mayores u otras personas decir precisamente aquello de con qué se van a bajar la comida, que traigan los refrescos o el agua fresca y, eso, se nos graba en la mente que crea un pensamiento de que sí es necesario bajar los alimentos con refresco o agua fresca o hasta natural si no hay más.

Algo similar sucede cuando de niños comenzamos a oír a alguien decir que no pudo dormir porque un vecino tenía fiesta y la música estaba muy fuerte o también oír decir que alguien no puede dormir con la luz encendida, por lo que al ir creciendo se nos forma esta idea en la mente y, por lo mismo, ya no podemos dormir si hay ruido o luz en el entorno de donde vamos a acurrucarnos en los brazos de Morfeo.

Obviamente que esto sucede porque ya se nos grabó en nuestra mente esa idea; sin embargo, a familiares, amigos y conocidos, recordando aquella anécdota del niños que rompió una capa de hielo con sus manos; al estar en una reunión o fiesta muy ruidosa, les hago ver a bebés y niños ya mayorcitos que, al llegarles el sueño se duermen sin que les importe en lo absoluto el ruido de la música y el exceso de luz a su alrededor, debido a que no han registrado ni tomado en cuenta en su mente todavía aquello de que no se puede dormir con ruido y con luz.

Llega la hora del sueño y a los infantes de ambos sexos no les interesa nada más que dormir, gracias a que aún no han sido influenciados.

Sea pues. Vale.

 

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